La principal razón es histórica: durante la Edad Media gran parte de la península ibérica estuvo bajo dominio musulmán (Al-Ándalus) entre los siglos VIII y XV. Ese contacto prolongado entre hablantes de árabe, latín y las variantes romances locales produjo un intenso intercambio lingüístico. Muchas voces árabes se incorporaron al vocabulario hablado y escrito de la región.
Además, la cultura árabe aportó avances en agricultura, irrigación, ciencias, medicina, comercio y administración. Los términos técnicos y de la vida diaria asociados a esos ámbitos fueron adoptados porque describían objetos, técnicas o conceptos nuevos para los hablantes romances: por ejemplo, acequia (del ár. as-sāqiya), azúcar (del ár. sukkar), aceite (del ár. az-zayt).
La integración de esas palabras siguió procesos fonéticos y morfológicos propios del romance: muchos árabes comenzaron con el artículo al- (el/ la en árabe) que se fusionó con el sustantivo y quedó en palabras como almohada, alfombra, alcázar o alcalde. Con el paso del tiempo esas formas se adaptaron y normalizaron dentro del sistema del castellano.
Otro factor importante fue la Reconquista y la convivencia (y a veces conflicto) entre comunidades cristianas, musulmanas y judías. Aunque la situación política cambió, el léxico ya estaba arraigado y muchas palabras se conservaron en el habla popular y en documentos. Más tarde, al expandirse el español a América, muchas de estas voces viajeron con los colonizadores y se mantuvieron en el español americano.
En resumen: el gran número de palabras árabes en español es fruto de siglos de contacto cultural, adopción de conceptos técnicos y cotidianos, y adaptación lingüística. No es casualidad, sino el resultado natural de una historia compartida que dejó una huella profunda en nuestro idioma.
Nota: muchas de estas palabras llegaron al español durante la época de Al-Ándalus y se han adaptado fonética y morfológicamente al castellano.
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